—¡Olalla!
Al punto, cautamente, se entreabre la maciza puerta y asoma el rostro, asombrado y grave, de Olalla Salvadores.
Ante el resplandor bondadoso de aquellos ojos claros, Florinda se encalma, sonríe y confiesa:
—Tuve miedo; creí que estaba sola en Valdecruces, y después oí una especie de quejido como una voz del otro mundo.
—El gato, que miagó—dice la moza, admirada de los temores de su prima. Y penetrando en el aposento, le ofrece el desayuno y le pregunta, con mucha cortesía, cómo ha pasado la noche.
—Demasiado bien; de un tirón—responde la dormilona, escandalizándose al saber que son las nueve, que su abuela y su tía andan ya de trajín fuera de casa, y que los niños se fueron a la escuela muy temprano.
Mientras se viste Mariflor, explica Olalla que la escuela está a tres kilómetros, en Piedralbina, y también el médico y el boticario. Los rapaces llevan la comida en una fardela, y no vuelven hasta las seis.
—¿Y en el invierno?—interroga Florinda.
Lo mismo: salen de noche y tornan de noche; algunas veces, Tomasín, no va.