—Pero tiene buen corazón—arguye con dulzura Talín.
Y ella no sabe que en sus palabras bondadosas se esconde una fuerte simpatía hacia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos que sube por los aires a escuchar la música de los astros y sorprender los secretos de la vida alada. La incitante devoción yace muda y sin forma en la conciencia de la joven, mientras los claros ojos se obscurecen con una sombra fugaz.
Llega Julia, muy alborotada, una tarde de aquellas, enseñando la anunciada fotografía.
—Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de recibir su retrato, hecho después del último vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?...
La costurera clava sus pupilas ansiosas en un rostro franco y varonil, un rostro alegre y dulce a la vez, lleno con el fulgor de la propia mirada. El gallardo busto de Rafael aparece bajo los élitros enormes de la monstruosa libélula, y el aviador sonríe a Talín, mirándola, mirándola de un modo extraño y luminoso, inolvidable. Ella sacude con dificultad el dominio de aquellos ojos ausentes, y responde, traspasada de inquietud:
—¡Me gusta!...
Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en forma de aeroplano a la humilde ventana de Talín: era el Cupido moderno por excelencia, con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; las alas dobles y potentes, señoras de las más altas nubes; por flecha, un tren de aterrizaje, y en el pecho, enamorado de las aventuras, el estruendoso latido de un motor.