—¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déjale venir!

—¿Tanto te importa?

La niña responde, entre lágrimas:

—¡No sé... no sé!...

Y la madre, trastornada por aquel dolor, suaviza el acento para continuar:

—Tienes diez y ocho años... Todo lo que tú haces me parece bien... pero ese joven no se ha de casar contigo...

—¡No, imposible... imposible!—murmura la enamorada. De repente añade:—Yo no me curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: me quedaré así, deforme, toda la vida.

—La esperanza es lo último que se pierde... Otras cosas más difíciles se han visto... Dios puede hacer un milagro...

—¡No tengo remedio!—balbucía la moza con desolación mientras Clotilde, evocando a la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba, llena de amargura: