—¡Yo no tuve fe!

Y un inmenso pesar se desarrolla en el alma sencilla y fuerte de esta criatura que ha sido madre por el espíritu, en sublime concepción de piedades y amores. Permanece atónita ante el nuevo quebranto de su hija, incurable como la enfermedad que sufre, obscuro y desconocido para la mujer, que le siente gemir en sus propias entrañas y no le comprende. Ella no supo amar sino en forma de compasión y sacrificio, con dádivas y renunciamientos, sin una dulce ilusión para sí misma. Ella ha tenido la sola esperanza de ejercitar el bien en torno suyo, y se consume de pena junto a la irremediable desventura del más querido sér. Todos sus esfuerzos, todas sus abnegaciones, no salvan a Talín del doble yugo del dolor...

Ya Clotilde no le hace a su hija advertencias ni preguntas; la trata como a la cosa más frágil y sensible del mundo; teme que de un día a otro se le muera igual que un pájaro, se le marchite lo mismo que una flor. Anda a su lado sin hacer ruido, como en la alcoba de un enfermo; la observa a hurtadillas con punzante ansiedad, y al hablarle contiene apenas los temblores de la voz.

Ambrosio percibe de un modo vago la misteriosa pesadumbre de las dos mujeres y siente el alma llena de perplejidad. Siempre añorante de su vida de labrador, abierta al señorío de los campos, libre y ancha en su misma esclavitud, se va resignando a la disciplina estrecha del taller, y transige, hasta cierto punto, con las costumbres urbanas; pero estos días vuelve de sus tareas un poco más tiznado que otras veces, más sombrío, menos conforme.

Por su parte Rafael comienza a tener reparos cerca de Talín. No es un seductor de oficio ni lleva un mal propósito a la salita blanca de la bordadora, y se conmueve al sentir dilatarse en su alma los pensamientos de la joven con inefable expansión. Buen conocedor de mujeres, descubre en aquella, sin dificultad, la creciente pasión, con todas sus fases, distintas como las mudanzas de la luna. Y se duele de contribuir al mayor suplicio de la niña enferma, cuando gozaría en rescatarla de la adversidad. La está mirando él también, como una existencia quebradiza y expirante, que en un momento se puede deshacer lo mismo que la espuma, volar como un aroma.

Sin embargo, cuando sube a verla, se engríe al persuadirse de que es una criatura singular aquella que le ama. Encuentra siempre un nuevo encanto en sus ojos espléndidos y graves, donde la luz pone a cada hora un diverso matiz, y en su voz empañada y caliente, sobre la cual los sentimientos, al amoldarse a la palabra, rozan los sonidos con musicales vibraciones.

Todo en la niña de Cintul parece diáfano, transparente, infantil; no obstante, el hombre que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe que hay un arcano, un enigma bajo el amor y el dolor de toda mujer...


VIII
EL AIRE