—¿Nada más?—interroga maravillada la costurera.
—Sí; mucho más: nuestro pájaro de acero tiene costillas, alas, cola, pulso, corazón...
—¿Como los de carne?
—Lo mismo. Y con mucha más fuerza, mucho más poder.
—¡Quisiera volar!—dice, con antojo vehemente y antiguo, la pobre inválida.
Y el aviador, que la tutea como a una niña, promete:
—Cuando yo suba te llevaré conmigo.
—¿Va a subir usted?... ¿Aquí?... ¿Es de veras?
—Un día de estos. Vuestro campeón santanderino me presta su aparato.