El aire, enrarecido y pestilente, sopla con lúgubre silbido en el siniestro corredor. Dentro del camarote la voz serena y conqueridora del P. Fanjul se levanta como una brisa de paz sobre el trágico vocerío de los elementos...

El dominico manifiesta su propósito de no separarse de la moribunda. Se informa, compasivo, de aquella pobre vida malograda y nos dice algo de la suya propia, errante y misionera, siempre en acecho del humano infortunio.

Tiene el Padre un rostro atormentado y fino como los santos del Greco, la voz persuasiva y honda, la figura cenceña y elevada. Se sienta con humildad junto a nosotras en el suelo, donde hemos colocado ahora el miserable colchón de Luisa, buscando algún alivio a los terrores de la infeliz. Piensa que los bruscos vaivenes la empujan a la mar, y se agarra con manos trémulas a cuanto imagina que la puede sostener. Ya no sosiega; su desvarío crece con la agonía y se enhesta amargado, por instantes, con la terrible obsesión. El médico, que a instancias nuestras la vuelve a ver, confirma con laconismo su diagnóstico mortal.

Sentimos que la tormenta, amansada un punto, se recrudece, y el P. Fanjul sabe que el viento rola otra vez hacia el lado temible en estas latitudes, el Brazo Tortuoso del Estrecho. Así el Orcana, mecido con nuevo furor, salta, ruge y «se duerme», casi dominado por el oleaje.

A Inés le preocupa mucho el repunte bajo de la marea. ¿Cuándo será? Dice que a esa hora mueren los enfermos en la marina y se asoma el arrecife a mirarse, espectral, en el lívido espejo de las aguas.

De repente, un maretazo formidable nos derrumba en el mismo suelo donde estamos. Se oyen crujir los miembros rotos del navío como si el mar arrancase pedazos de la obra muerta: sin duda nos ha cogido una bárbara ola de través.

El niño se despierta llorando, y el misionero se incorpora, solícito, a bendecir la cabeza de Luisa que rueda inerte en la almohada...


VI
INSOMNIO