Trato de endulzar la tremenda amargura de aquella voz y me apresuro a prometer cuanto Luisa pide. Le llamea en la mirada una alegría fugaz mientras respondo; luego, me toma las manos y, lentamente, con palabra premiosa, dice que desde la víspera lleva el presentimiento de su muerte encima del corazón. Este discurso opaco y anheloso, brota con mansedumbre, y desgrana dulces frases conformes a la partida suprema; pero vuelve a temblar, lleno de infinito dolor, cuando la mujer habla del esposo y el niño y cuando ruega con desesperada súplica:
—¡No me tiren al mar!...
Inés me refiere, entonces, que toda la tarde sufre la moza un terrible delirio. Morir no es para ella tanto como sentirse hundida en las olas de este mar pavoroso que zarandea los barcos, los sorbe, y los escupe a flor de agua, convertidos en tumbas, para escarmiento de los navegantes.
Exaltada por la calentura, la enferma nos mira ansiosa y torna a repetir:
—¡Que no me tiren al mar!
Nos esforzamos por tranquilizarla cuando la puerta da paso a un padre dominico que viaja con nosotras desde Europa.
Llamado por Inés acude el P. Fanjul arrostrando como yo las dificultades del trayecto, y gracias a la tregua de la borrasca. Mientras se acerca a Luisa nos replegamos hacia el pasillo y hacemos, desconsoladas, un penoso recuento de las tristes escenas que han de sucederse a la desaparición de nuestra amiga. Hablamos sin soltar el bandaraje que corre junto a la pared, inclinándonos la una hacia la otra en cada fuerte cabeceo del buque.
Nos atribula pensar en el marido que en la costa vecina está esperando lleno de ilusiones, y en los ancianos padres montañeses, yertos de frío sin el sol de esta existencia que se extingue.