Nadie acude a la llamada del almuerzo y nos le sirven trabajosamente en los camarotes. Pienso en Luisa con inquietud, tratando de ir a verla; pero la disciplina del barco no me permite salir ahora de la cámara. Después de muchas dificultades logro mandar a Inés un recado preguntando por la enferma, y la contestación no viene.
Se me hace el tiempo interminable; la tempestad me parece una pesadilla que no se acaba nunca. El desplome de la ola y la locura del viento nos envuelven en amargo fragor, bajo el cual gime el Orcana estremecido en todo su palpitante volumen, desde la roda y la quilla hasta la jarcia muerta. Entre los tornillos vigorosos, crujen maderas y hierros con extrañas voces, juntas en una sola expresión de rebeldía: es el grito de la vida inerte, el alma insondable de las cosas mudas, que también sabe de resistencias y de cóleras...
Va cayendo la noche. El frío y la soledad me producen una dolorosa impresión de tinieblas y hielo. Y de pronto me levanto angustiada: vienen a decirme que en plena tempestad Luisa ha dado a luz un hijo prematuro; que el niño parece de vida y la madre se está muriendo.
V
LA CUNA TRÁGICA
Al través de muchos inconvenientes llego a la pobre enfermería del sollado apenas amaina un poco el temporal.
Un penetrante olor de fiebre y de miseria me recibe antes de que yo descubra el rostro de Luisa, que desangrada, moribunda, quiere sonreir, y con un gesto henchido de fervorosa expresión me señala su nene, un montoncillo de carne tibia, dormido a los pies del camastro con envidiable sosiego.
—¡Que le cuiden, por Dios, hasta que le recoja su padre... ya ve usted cómo estoy!...