Acude Inés a decirme señalando a la moza:

—Está mala y no quiere acostarse.

Ella me mira con angustia, como si yo pudiera remediarla, y nos quedamos indecisas las tres, hablando con los ojos un mudo lenguaje compungido.

Pero ya la reciedumbre del viento nos impide continuar sobre cubierta; crece el furor de la marejada y el frío polar cuaja en nieve unas gotas de lluvia escapadas del nublado.

Es preciso que Luisa baje a su camarote y se cuide bien todo el día; sus manos arden y un temblor febril la sacude. Convertida en su protectora no la dejo sin prever cuanto pueda necesitar. Hay un inocente orgullo en la satisfacción con que atiendo a mi paisana, yo, más niña que ella, y tan insignificante persona fuera de este barco y lejos de esta ocasión. El actuar de Providencia me engríe con heroicos impulsos; quisiera en este momento salvar a Luisa de un grave peligro: que sobreviniese un naufragio y dar en él mi vida por la suya... Mi vida ¡vale tan poco...!

Voy pensando en raras penas inconsolables, mientras cruzo con precauciones el navío, ya crujiente bajo el azote de la borrasca. Los marineros trincan a bordo cuanto el mar puede barrer, aseguran las escotillas y las ventanas, trajinan y se apresuran cuidadosos frente al enemigo. Esta faena, la súbita retirada de los pasajeros y el aire azorado de algunos que tropiezo en los pasillos, anuncian que, por fin, nos alcanza una de esas tempestades crueles en el Estrecho, ocultas con felonía en la soberana majestad de escobios y canales andinos.

Tengo el camarote sobre cubierta. Me encierro en él a solas; me subo al sofá para acercarme al vidrio redondo y firme de mi ventana, y con un vago sentimiento de curiosidad y de emoción, miro y escucho, sin miedo, como quien asiste a un espectáculo desconocido y sorprendente, en el que nada arriesga.

Todavía costeamos la península donde Sarmiento de Gamboa quiso ofrecer a España la ciudad del rey don Felipe, no lejos de la del Nombre de Jesús; tierra inhospitalaria que vió morir a sus fundadores, y en la cual, desde aquellos días hazañosos, ningún esfuerzo humano prevalece. No distingo la costa aunque sé que la tengo delante: aguas y brumas tienden un cendal espeso en mi horizonte.

Suben ya por la borda los salivazos de la marejada y una luz siniestra araña las nubes. Todo el barco se estremece jadeante, en pugna con la tormenta. El primer oficial da sus órdenes en el puente, guarecido al socaire de sotavento, y la marinería azoca los cabos y ligaduras, va y viene, trepa y corre, vibrante como el buque.

Bajo de mi observatorio porque los golpes de mar, continuos y crecientes, me obligan a más fácil postura. Sin conseguirla, aguardo que pasen las malas horas, mecida por tremendos balances, asordada por rumores furiosos.