A Occidente el paisaje se arrecia cada vez más: grandes masas de granito, obscuras selvas de robles, hondas marismas, cumbres ingentes: fluyen los esteros en las hoces, se agachan las nubes en el cielo, y una lluvia fina y polvorosa comienza a caer.

La prematura noche no se sabe si baja de las cimas o sube de la mar. Envueltos en el agua turbia y en la luz gris, arribamos a Punta Arenas, donde el grao pone sobre la mansedumbre de las olas una siniestra franja de arenal. Se ha roto la cortina de las nubes y tiene la luna un aciago fulgor...


IV
COSTA INCLEMENTE

Al amanecer dejamos el fondeadero de Punta Arenas, con rumbo a Occidente, y una larga península, rodeada de cerros bajos, nos obliga a dar la vuelta por el puerto del Hambre, en la Tierra del Fuego, rozando la anchurosa bahía Inútil.

Ahora el temeroso camino está empapado en una de esas trágicas soledades que hacen sentir la eternidad. El viento ha levantado las alas bajo el celaje oscuro, y el mar se inquieta amenazador.

Para calmar los temores de algunos pasajeros dícese a bordo que nuestro buque, bien armado de recio blindaje, curtido en aventuras marineras, se defenderá con valentía contra los escollos y el temporal.

Me conmueve la inquietud de Luisa, que se refugia a mi lado, callada y triste, inmóvil la mirada sobre el estremecimiento de las olas. Acerca de su salud responde hoy con mucha timidez, y como el semblante demudado la delata, consigo que me confiese el nuevo malestar que le aqueja desde anoche.