Ya la visión alucinante se alejaba cuando Luisa se estrechó contra mí, trémula, con el dulce rostro demudado por un espanto loco. No supe qué decirla, porque su emoción extremada me dejó confusa, y quise distraerla sin poder lograrlo; el plantel de cruces había desaparecido y aún la moza temblaba presa de fatídico terror.


III
LAS AVES NUEVAS

Estábamos a la altura de Cabo Negro. La pizarra y el escarpe subían con ímpetu bravío desde el mar hasta las cumbres, casi celestes, de la cordillera. Sobre los bizarros bosques y los tremedales húmedos pasaba el viento silencioso, como si llevase las alas entumecidas. Las nubes, ligeras, traspasadas de claridad, seguían rodando en un cielo apacible, y el frío, hecho nieve en las cimas orgullosas, caía de lo alto con la luz.

Atravesábamos ya el territorio de colonización que en esta parte del Estrecho esparce con timidez granjas, haciendas y pastorías entre ambos lados de la costa, bajo el auxilio de la capital, Punta Arenas, en cuyo puerto debíamos dormir aquella noche.

Crucé otra vez el barco para buscar a Luisa, y la encontré más serena que en las primeras horas de la mañana. Sin duda la vecindad de los colonos fueguinos y patagones era menos triste que la del archipiélago convertido en osario. Atendía la moza a las novedades del camino y se maravillaba de ellas con mucho interés, aunque en su rostro quedase atenuada la sonrisa habitual.

Habían aparecido las aves nuevas para nosotras. Los albatros, blancos y enormes, con las alas rápidas, negras, finas y agudas, el pico de alfanje, dorado y voraz, los ojos siniestros, el grito aullador: perseguían en bando la estela del navío, poniendo en las aguas translúcidas la rauda sombra de su vuelo gentil. Los aptenodites, mansos, hambrientos, pájaros niños, según los exploradores hispanos les llamaban por su torpeza y candidez, acudían a millares al ras de las olas, en humilde actitud. Y por fin, el cóndor, el buitre colosal de los Andes, llegaba complaciente hasta el pie de la escarpa inaccesible donde tenía su nido. Era el macho, señero, curioso y avizor, que nos miraba desde la orilla con los ojos pintados de carmín, hispido el plumaje negro y azul. Tenía el pico torvo, la cabeza gris; al cuello un soberbio collar de albísimas plumas. Estuvo un rato inmóvil en la ribera, después tendió las alas con breves sacudidas, abiertas las rémiges obscuras en un ancho abanico, y, de pronto, subió en una serenísima espiral, tensa y firme, sin un estremecimiento, más allá de la región de las nubes, hacia el glorioso camino de las estrellas...

Poco más tarde una piragua con indios de la marina se acercó al buque pidiendo limosna. Voces agrias, como graznidos de aves agoreras, subieron a gemir desde la navecilla donde aquellos seres humanos, fornidos y desnudos, salvajes y míseros, acechaban el paso de la civilización.

Eran los hombres ignotos hasta que España quiso, los habitantes del Mar de las Tinieblas, de la Tierra del Fuego, del Nuevo Mundo: la pobre niñez de la Humanidad, criaturas nuevas en los ciclos redentores de la vida, almas infantiles, sin historia ni purificación... Dióles el Orcana un despojo de las cocinas, como a los pájaros niños, y se alejaron, felices, los pedigüeños, tendidas en los hombros las pieles de guanaco, adornada la estrecha frente con plumas de ñandú...