—¡Ahora sí que soy un Talín—pronuncia, enajenada de gozo, la niña de Cintul—. Siente que, al cabo, agita las alas temblorosas y resplandecientes que siempre tuvo en el corazón, y poseída por la inefable ráfaga de libertad, arroja de la nave las muletas, que al caer se clavan en el campo, hincadas hacia la altura como dos interrogaciones.


XI
LA LUZ

La tierra huye, tendida y anchurosa, bordada de surcos y de huertos con apagados tonos de tapiz.

El aeroplano gira sobre la ciudad, y árboles, torres y edificios le apuntan en momentánea persecución, al hundirse bajo el solemne vuelo.

Se dibuja un punto, el seno turgente de los montes; después todo el paisaje se humilla, aplastado como un mapa, sin relieves ni contornos.

El viento ruge: hendido por las alas vertiginosas del aparato, se queja a voces del intruso que le corta y le vence, y que grita, a su vez, con acento poderoso.

En lo profundo del horizonte, el mar, dormido, calla el inmortal secreto de su existencia, y sobre él se remonta el avión, reflejándose en el quieto espinazo de las aguas. Al mirarle, esfumado entre la bruma, diríase que un bergantín con las velas tendidas había echado a volar.