—Arriba tendrás frío.

El aviador ocupa su puesto y concluyen las maniobras de la partida, mientras Julia refiere a su alrededor, con mucho interés, la historia triste y pura de Talín.

Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un velo para envolver el peinado y cubrir el rostro contra el azote del aire a gran velocidad.

—No lo necesito; voy muy bien—responde—. Y mirando con orgullo al cielo que se desarrolla sobre su frente.—¡Qué lástima que no haga sol!—murmura.

—Buscaremos un boquete en las nubes para llegar a lo azul—dice el piloto.

—¿Eso es posible?

—¡Ya lo creo!

—¡Dios mío!—balbuce en éxtasis la pobre inválida, que está en camino de quebrarle al cielo su pálido cristal.

De pronto el San Ignacio resbala sobre la pista y se yergue en el viento que zumba.

—¡Adiós, adiós!—gritan, pegadas a la tierra, unas voces envidiosas.