—¡Usted «no se acordó»!—insinúa con amargo reproche la costurera.
—Sí, «me acordé»—afirma Rafael—; pero huía la responsabilidad de mi convite... Huía de muchas cosas—añade con acento un poco estremecido.
—¡No es verdad!—prorrumpe obstinada la joven.
—¿No?... ¿Quieres probarlo? ¿Quieres subir?
—¡Quiero!—contesta, cálida y vibrante la voz, y arrastra el paso tullido hacia la nave, con febril ansiedad.
Rafael manda que acerquen la escalera y la muchacha pugna en los peldaños cuando el mismo aviador los sube en un instante y desde arriba transporta a la viajera hasta su sitio, con bastones y todo. Ella sonríe fascinada y la gente aplaude al darse cuenta del suceso.
—¿Pero, es de veras?—clama Julia con repentina zozobra—. ¿La vas a llevar, Rafael?
—La llevo—asegura—. Se quita el abrigo y le ciñe al cuerpo glácil de la bordadora.
—No me hace falta—dice la joven, que luce arreboladas las mejillas y los ojos ardientes.