—¡Voy!—decide Talín, y se apoya en los bastones para buscar un vestido.

—Este encarnado—elige la señorita descolgando en la reducida percha de la alcoba un trajecillo rojo.

La obrerita se le viste con precipitación, y a pesar de su aturdimiento recuerda al toro gilvo que una tarde en el monte se enamoró ciegamente de un vestido colorado.

Esta salida del hogar tiene hoy también, como aquel día funesto, un aire clandestino, el travieso cariz de una escapatoria.

—¡Será la última!—piensa la joven con un suspiro que se extiende por la sala como una despedida.

Desde la puerta vuelve los ojos Talín a este nido que hace tiempo le parece un sepulcro; le recorre todo con mirada indefinible, y bajo el peso de una emoción singular, traza con mucha reverencia la señal de la cruz...

El campo de las Albricias está cerca de la ciudad, tendido en la llanura con anchos horizontes de huertas y jardines.

Cuando llegan a él las dos muchachas, un grupo de curiosos rodea el aeroplano que fuera del hangar se dispone a subir. Es un magnífico «Moranne Saulnier» y tiene en el fuselaje el nombre como una embarcación: se llama San Ignacio III. Parece un monstruoso gavilán; bajo la nervadura de las alas el cuerpo trepida, impaciente por huir, mientras los mecánicos le celan con exquisitas precauciones. Entre ellos surge el aviador ya vestido para el viaje, bromeando con risueño desdén. De pronto vuelve la cabeza atraído por una mancha roja que oscila entre dos bastones, y se sorprende al reconocer a Talín.

—La he invitado a que me acompañe porque a mamá le entró miedo—explica Julia.