—¡Volar, y volar con «él»!—se está diciendo. Por ver realizada esta promesa inolvidable, moriría gozosa imaginando que dejaba un rastro luminoso en las arenas del tiempo...

Los vellones de la niebla remontan las alturas y abren en las nubes surcos de más viva claridad; se templan los hálitos del viento y la mañana se embellece envuelta en su misma palidez.

El ala fresca de una mariposa roza en la ventana la mejilla de Talín, y al solo contacto de este beso puro, siente la joven desbordarse toda su tristeza y su pasión. Sobre el agua movible de los ojos azules pasan las emociones fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas encima de las otras por la trémula mano del recuerdo, y la memoria es un ancho camino por donde se deslizan las imágenes de aquella breve existencia, desde los días de libertad y de salud hasta las horas obscuras de la invalidez.

Esta vida que alboreó llena de ambiciones y de cantares, se resume ahora en un ansioso atisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de las muletas; siempre encendido el pensamiento a la raita del sol, y siempre la realidad cautiva al borde de una ventana que sirve de cárcel y tortura. Si alguien viene a prometer la recompensa de un minuto de felicidad, ha mentido aquella voz, y la promesa traidora se convierte en un suplicio intolerable, en un nuevo y terrible desengaño.

De pronto suena el repique de un paso leve y conocido, y entra Julia, como de costumbre, apresurada y risueña.

—¿Quiere usted venir conmigo a las Albricias? Mamá a última hora no se atreve y no tengo quien me acompañe.

—¿Y Rafael?—murmura atónita la inválida.

—Está en el campo de aviación. Volará a eso de las once y son más de las diez. El coche nos está esperando. ¿Se anima usted?

—¿Sin permiso de mis padres?

—Cuando lleguen a casa estaremos nosotras de vuelta y se alegrarán de que usted haya dado un paseo.