Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, el fracaso de su esterilidad; duda si para merecer el excelso nombre de madre basta un amor hondo y fuerte como el suyo, o sería necesario haber concebido la carne doliente de Talín, haber moldeado en las entrañas el corazón de la criatura mortal. No comprende por qué la niña, que le tendió los brazos en sus dolores físicos, llamándola madre, le hurta lo más sagrado del sentimiento: el espiritual dolor... Quisiera consolarla, medir su pena, saber el camino de su inquietud. Cuanto hay en ella misma de ignorado, simpatiza con el misterio y se asoma a buscarle en los ojos azules de Talín. Pero conoce que una sombra invencible le celará siempre aquel abismo nublado por unas lágrimas que no acaban de caer. Y retrocede pensando en la madre muerta, en la pobre tísica que nadie nombra, que duerme olvidada en el campo silencioso de Cintul.

—¡Hace frío!—murmura la joven, de repente estremecida. Una ráfaga de aire, aguda como un puñal, les sacude, mientras Clotilde cierra la ventana: el mudo soplo deja sobre las frentes pensativas una agorera alucinación.

Galopaban las nubes y comienza a llover, calladamente, con humilde suavidad.

Se escapa el día por todos los caminos bajo la mansa huella de la lluvia, y en la salita se rozan el murmullo de una oración y las alas de un suspiro, hasta que la noche se apaga oscura en los cristales.

Entonces las dos mujeres atribuladas, creen percibir un aciago rumor, frío como un chortal, abierto con infinita pesadumbre en el pálido corazón de la sombra...


X
EL TRAMONTO

Nace la mañana tardía, con espeso embozo de nieblas, y Talín la mira crecer bajo la suprema inquietud del que aguarda el mayor goce de su vida con la certeza de que es imposible que llegue.

Los padres se han ido a trabajar a la hora de costumbre, y la muchacha tiene delante su labor y clava con tenacidad los ojos en el espacio donde rueda turbia la luz.