—Nunca—balbuce un opaco acento que sólo a Clotilde impresiona.
—Pues yo aún temo que mamá no se decida. Rafael se empeña siempre en que le veamos volar, y ella se resiste, con un miedo atroz. Ahora parece que ha consentido... Conque ya sabe: como este camisón quiero seis. Es un modelo muy elegante; aunque me gustaría el escote un poco más alto... Ya hablaremos, ¿eh?
Y con la misma prisa que trajo se marcha la señorita del principal, dejando en el pasillo y la escalera el menudo repique de sus tacones.
Clotilde prepara la mesa para comer, sin atreverse a hablar, temiendo que sus palabras lastimen el sombrío retraimiento de la muchacha. Y Ambrosio, que llega a las doce, pregunta con afán a su hija:
—Qué, ¿estás peor?
Ella mueve la cabeza negando, cada vez más pálida y silenciosa, y los padres se abruman ante el misterioso mal que vuelve sobre Talín con una clandestina premeditación, sin saber por dónde, cuando ya no le esperaban. Comen a disgusto, observando que la enferma hace esfuerzos inútiles por no sazonar el alimento con sus lágrimas.
—¡Está hética!—se dicen, lo mismo que en Cintul. La miran como una sombra que se desvanece, y el padre huye rebelándose contra el dolor de la infeliz, que él solo quisiera padecer.
Es domingo, y las mujeres se quedan juntas y solas al pie de la ventana por donde entran la descolorida luz de un cielo turbio, y una brisa que tiene, hoy más que nunca, el amargo salitre de la mar. Talín siente en los labios aquella penetrante acidez que no sabe si acude de su propio corazón. Abre un libro sobre las rodillas, y en él pone los ojos húmedos de pena, sin volver las hojas ni saber lo que dicen.
La madre cruza las manos encima de su delantal, inclina la frente, y piensa en lo lejos que está de aquel espíritu que a su lado sufre y que se le escapa, fugitivo siempre, cada día más distante y remoto. Acaso jamás le tuvo cerca, ni cuando en la casita montés buscó el alma de la niña con halagos y desvelos, hasta ofrecerse por esclava, sin reservas ni condiciones.