Supone Clotilde, por seguros indicios, que el aviador se ocupa ya muy poco de Talín, y ve llegar a Julia acelerada con una noticia.

—¿No sabe?—le dice a la costurera—. Rafael va a dirigir mañana un aeroplano.

—¿Mañana?

—Sí; ¿se lo había dicho él?

—No le veo hace ya muchos días.

La voz y el semblante de la moza se demudan al responder, pero Julia está muy ocupada en contemplar un hermoso camisón que viste el maniquí.

—Me gusta mucho—afirma—; como este quiero media docena—luego continúa:—¡Ah!; pues no le extrañe que mi hermano no suba por aquí. Está en el aeródromo la mayor parte del tiempo, en plena fiebre de aviación y no habla más que de virajes, motores y cosas por el estilo.

—¿Le dió algún recado para mí?—trata de averiguar la niña triste, asiéndose al último jirón de su fe.

—Ninguno—responde la señorita, y sigue diciendo:—Mamá ha pedido un coche para que mañana vayamos al campo de aviación, que está por lo visto, en un lugar precioso llamado las Albricias. ¿Usted suele ir?