—¿También te enamora?—murmura algo celoso el aviador.
—También.
—¿Tanto como el aire?
—El aire es más mío.
—¡Tuyo!...—suspira el mozo. Y se despide con una prisa brusca, mientras se desangra el sol en el horizonte marino, y sobre el alero del tejado se baña una paloma en el último fulgor de la tarde.
IX
LA SOMBRA
Guarda Talín en el más regalado seno de su memoria la promesa de Rafael, y a pesar de todos los disimulos, Clotilde vislumbra el rayo de sol que atraviesa la frente de su hija desde la guarida de los pensamientos y se asoma a los ojos en un rehilo de esperanza.
—¿Qué espera?—se pregunta la mujer llena de inquietud. Vigila en silencio, y con su claro instinto de piedad, siente cómo la joven va dejando el alma adormecida en una ilusión vacilante, y cómo aquella ilusión se extingue de repente, y se nublan los ojos y los sueños de la enamorada, en la más negra obscuridad.