—¡Jesús!
—Pero, escucha: ¿dónde aterrizaremos?—pregunta insinuante el aviador. Y se acerca a la muchacha que le oye con una sonrisa llena de aturdimiento:
—¡Por qué no vamos a pasar la vida en las nubes!
—¡Si pudiera ser!—exclama ella con angustia. Se deja acariciar una mano, luego la retira algo medrosa, muy conmovida, y para esconder sus emociones, habla trémula:
—Diga usted, ¿es cierto que volando sobre el mar se ven en el fondo de las aguas cosas muy bonitas?
Rafael siente en aquel instante una honda compasión por la indefensa criatura; una lástima dulce y fraternal por aquella voz, empapada en matices, que tiembla como las alas de un verso; por aquellos ojos claros y puros, donde el amor no sabe guarecerse. Se queda mirando a Talín con una serenidad comunicativa y mansa, y responde:
—Sí; volando sobre los mares se descubren muchos de sus misterios. Las algas, con los tallos fijos a las rocas, forman verdaderos bosques submarinos que se distinguen muy bien desde la altura. Eso, aquí mismo, en el Cantábrico. En otras aguas hay, además, flores rarísimas y luminosas; lirios y estrellas de mar que alumbran; plantas que son a un tiempo rosas y animales; peces con lentes o faros rojos y amarillos. Los corales, con sus desprendimientos de caliza producen playas de coral; otras veces el légano es blanco junto a los sangrientos arrecifes. Y las avenidas fluviales arrojan al mar islas enteras que se hunden en las fosas del abismo, y hay zonas cubiertas por algas de púrpura y carmín, hay fondos de arena verde y rosa; de fango rubio y azul; de arcilla gris...
—¡El mar!... ¡qué hermosura!—interrumpe la muchacha con transporte. Se vuelve a mirarle dormido en la bahía, celando el secreto de sus tesoros bajo una cándida apariencia de cristal.