VII
LA FATAL CAÍDA
En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de frío las estrellas; el mar palpita henchido y amoroso, con un arrullo claro, y el Orcana, libre de los ambages del Estrecho, navega en bonanza, con mucha gallardía.
Son las doce; no ha salido la luna. Avanza hasta la borda el silencioso estol de la muerte, nunca más humilde y patético: cuatro marinos que llevan el ataúd, un fraile que le bendice y media docena de curiosos, entre los cuales dos mujeres sollozan.
Un tablón, tendido hasta la lumbre del agua, sirve a la caja fúnebre de escalera; un responso, rezado con ardiente premura, la va siguiendo en la fatal caída. Cuando se hunde, nos parece que el mar abate un punto su resuello con la respiración suspensa; es que «el sagido» tiene ahora una solemne expresión de ternura, un saludo lleno de acogimiento y de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas y a desmelenarse las espumas con la infinita castidad del agua corriente y apacible: ¡ya la estela del buque se ha borrado en el sitio donde cayó el cuerpo de Luisa!
Alzo los ojos con un movimiento aflictivo de piedad, y en lo sumo del espacio azul me subyuga la brasa lueñe de un lucero... Imagino que el alma de la pobre viajera se abre junto a Dios como una rosa encendida en luces estelares; quiero creer que quizá resplandece en la hoguera de cada astro el calor remoto de una vida que pasó por la tierra al lado nuestro. Y frente al enigma sagrado, lleno de temblores inefables, me abismo, ansiosa, en la contemplación del cielo y del mar, hondos como la muerte...
El último jirón de la Patagonia se ha esfumado en la noche a la altura del cabo Pilar, y las trescientas millas del Estrecho, que Magallanes llamó de Todos los Santos, quedan en la memoria como una ensoñación fantástica. Aquí está el mar libre, el nuevo océano, ancho y evocador, donde nuestros exploradores sólo hallaron, en sus primeras aventuras, las desiertas islas Desventuradas.
Y la profunda huella de El Descubrimiento persiste desde Europa en los mares y en las riberas, desdoblando horizontes, abriendo rutas, fecundizando caminos virginales.