El sentimiento vehemente de la admiración me vuelve a sacudir rostro a las soberbias lontananzas del Pacífico; vuelvo a enorgullecerme de la sangre hispana de mi corazón, la misma que empujó en la sombra las fronteras del universo, y después de saludar a las criaturas desconocidas en un idioma venerable, lleno de esperanza y de luz, bautizó en el nombre de Dios los valles y las aguas, las cumbres y las constelaciones, los seres y las cosas, con un santo derroche de venas maternales.

¡Así, un mundo entero, allende las antiguas Tinieblas, está alumbrado con voces españolas, parido por las entrañas de Castilla en un alarde inmortal de bravura y amor!...


VIII
«RAYO DEL CIELO»

El españolito nacido en trance cruel bajo el pabellón britano cumple a maravilla sus primeros deberes de criatura, aferrándose lleno de brío a la existencia. En su regazo le guarda Inés con admirable solicitud, y le celan allí las devociones y lástimas que con el dolor y el amor florecen, a menudo, en la Humanidad.

El nene ya conoce el sabor de los besos y el halago de las canciones. Le han mecido las pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas varios, con añoranzas maternales; pues donde hay una mujer que siente y un niño que llora, nunca falta la caricia y la canción, acendradas en un ensueño de madre... Parece que al barco le empujan en el Pacífico dulces brisas de bondad y que todas convergen hacia el desgraciado pequeñuelo. Pero los que hemos vigilado más de cerca el latido de esta vida menuda, abandonada en capullo por la madre infeliz, padecemos ya el quebranto de una nueva emoción, quizá la más terrible en el drama inolvidable.

Se ha roto nuestro confín de cielo y mar, y la costa rojiza de Chile sale a recibirnos en un pálido horizonte. Nadie frente a estas orillas, torvas y mudas, puede imaginar que en el corazón de este país hay un divino valle de Aconcagua, orgullo de la América. Volcánica y estéril, descolorida y triste, avanza sobre el mar la tierra que tocaremos al anochecer en la bahía de Talcahuano, Rayo del Cielo, según el lenguaje indio.

Un poderoso cacique de la Conquista dió nombre a la población levantada junto a unos fuertes que los españoles emplazaron cara a las olas, como si las quisieran amedrentar y poner linde. Y en lucha con las marejadas, con los araucanos y con los terremotos, al través de los siglos, Talcahuano sirve de base a una gran ciudad, La Concepción del Nuevo Extremo, fundada por Valdivia. De allí vendrá al puerto, esperando al Orcana, el padre de este niño que duerme y sonríe; vendrá diligente y feliz, sin temer que su amor haya naufragado en un pobre ataúd, ¡la última nave, siempre hundida en el eterno mar!...

Navegamos costaneros y veloces bajo un cielo tranquilo y gris, turbias las aguas, sin espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella del barco.