Tiene el paisaje un tono de profunda quietud, una tristeza recóndita, colmada de expectación y de misterio.

A veces imagino que todo el horizonte escucha, otras que aguarda. Y siento que el angustioso grito de Luisa, huyendo del doble naufragio, resuena con suprema ansiedad en el desnudo silencio de los confines...

Aquí está la bahía de Talcahuano, ancha y honda, defendida por cerros mansos y rojos, abrigada al Oeste por la península de las Tumbas.

Los botes que nos esperan atracan al costado del buque y llega el aciago instante de recibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta difícil misión al P. Fanjul, y abrazo al niño huérfano mientras Inés escudriña las embarcaciones cercanas y dispone el humilde bagaje de la ausente.

Nuestra pesadumbre se colma cuando, subiendo en dos saltos la escala, recién tendida, un joven se precipita en la cubierta, registrándola afanoso, con mirada radiante.

Sale Inés a su encuentro y exclama turbadísima:

—¡Salvador!...—Luego se vuelve hacia nosotros, murmurando:—Este es...

Y adelántase el dominico, exacto como la fatalidad, a deshacer la impaciente alegría del mozo.

Ya éste observa a su paisana con amagos de inquietud; tal vez el nombre amado bulle en una pregunta sobre los labios juveniles, cuando el fraile aborda la temible revelación.