A las primeras palabras del religioso, Salvador vuelve la vista en torno suyo como inquiriendo y adivinando. Una sorpresa alarmante le extravía: no entiende lo que le dicen, no acaba de comprender.
Le pone el P. Fanjul una mano en el hombro con cariño, y le lleva suavemente hacia la borda, alejándole del grupo de pasajeros que comentan el lance entre curiosos y dolidos. Allí, en voz queda, habla el Padre, primero con dificultad, inclinándose expresivo hacia el muchacho en cada frase indecisa, luego respondiendo con resolución a las ardientes preguntas de él, y, por último, se expresa vivamente, asiendo las manos del desconocido, sirviéndole, al fin, de sostén en los brazos acogedores.
De pronto Salvador levanta la cabeza y pasea por la superficie del mar los asombrados ojos: una sensación de espanto le sacude y un sollozo, que parece un rugido, se le escapa del pecho. Todas las miradas están fijas en el muchacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta fisonomía, en la cual el dolor va dejando la novedad cruel de sus matices.
A una señal del dominico, Inés, llorosa, avanza con el nene, y Salvador endulza el rostro para recibirle; le coge en sus brazos recios y convulsos; le cubre la cara con un solo beso, ancho y tenaz. Luego no sabe qué hacer con él; se queda mirando a todas partes indeciso y atónito, con una sombría expresión de perplejidad.
Pero aun tiene que darle Inés otro sagrado presente, una trenza de pelo rubio, sérica y fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Agobiado por la dulce carga que le abruma, parece que ha echado raíces sobre la cubierta, y es menester que le hablemos con mucha piedad para que responda, para que intente balbucir algunas frases rudas de gratitud, en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el desconsolado ademán de la despedida.
Sin acabar de oirnos, ni terminar su trémulo discurso, echa, de repente, a correr hacia el portalón y gana el bote que antes le condujera a bordo colmado de esperanzas. Lleva el niño abrazado con torpeza cuidadosa, y la trenza de Luisa junta con él, en un mismo envoltorio blando y caliente... Le vemos alejarse hundido en su liviana embarcación, caído en desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo la sombra fría de la noche el padre y el hijo se confunden con el siniestro polvo de Talcahuano, Rayo del Cielo...