A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.
Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos paseos de los días de fiesta.
Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo. Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera, detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.
Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra para decir, señalando hacia la casa:
—¿Sabéis a qué hora «viene»?
Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:
—«Viene» a la caída de la tarde.
—Pues aquí estaremos cuando «llegue»—repuso con firmeza el señorito.
—Aquí estaremos—dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.