—¡Me la llevaría yo!

El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:

—Eso se dice fácilmente...

Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de el Estudiante brilló un ardiente destello de alegría.

Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas, cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:

—Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta la puesta del sol.

Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron por distintas veredas.

Iba el Estudiante con tácito andar volviendo los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa complacencia:

—¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para mí!...