—¡Ya se verá lo que dura esa alegría!—augura, bronca, la voz de Fidel, con acento andaluz.
El Estudiante le está preguntando a una margarita silvestre:
—¿Mucho?... ¿Poco?... ¿Nada?...
Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera.
Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos se han puesto de pie.
Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son setters de raza pura, negro el uno, rojo el otro.
Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.
—La de esta noche será la última visita—profetiza Fidel, muy jaque.
Hosca y amarga recomienda la voz de Julián: