Entonces se abrió la ventana de Ángeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cayó un haz de luz clara y alegre que desconcertó un momento la indómita guapeza de los muchachos. Detrás de la luz lanzóse a la calle el raudal de una dulcísima voz, un poco inmutada, que decía:

—¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... ¿no queréis?

Sí quisieron.

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin resistencia, retrocedieron fuera de la serena claridad, caída de lo alto, y se quedaron mudos, inmóviles, sometidos a la maravilla de la suplicante palabra que bajó a buscarlo envuelta en resplandores.

Partió el caballero hundiéndole al potro las espuelas con rabia, murmurando otra vez:

—¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la asustada Isabel, cerró con un portazo violento, mientras que Ángeles siguió asomada al marco de la apacible luz, y su voz cristalina, volvió a decir, con acento de tímida plegaria:

—Siempre «le» dejaréis paso, ¿verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la obscuridad, y las suaves palabras de la niña vibraron en la penumbra de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales enverdecidos, bajo un cielo nublado.