—¡Cobardes... son cuatro contra mí!

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo la voz de César Garrido:

—Pelearemos uno a uno.

Apoderándose gozoso de aquella decisión, extraña a las bárbaras leyes de la ronda, Alcázar se apresuró a insistir:

—Sí; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras Fidel, mudo y pávido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Había bajado Don Felipe a reñir con los mozos y desahogaba su indignación en frases vehementes:

—¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!...

Pero tercos, amenazadores, César y Julián repetían:

—¡Uno a uno!...