Y ya se abría con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se presentó Isabel, alzando un farolito de cristales rojos que puso en la calle rústica una sangrienta luz, muy decorativa y fantástica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela melancólica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la canción aguda de los grillos apagándose en un quejido triste como si la noche se desfalleciese con un fino estertor de agonía.

Quedó Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la obscuridad de la calle con visible indecisión. Montó luego, y ya iba a recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando ésta gritó, fuera de sí:

—¡Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembló con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como lanzas a dos pasos del jinete:

—¿Quién va?—preguntó colérico Serrano.

—Y, ¿quién eres tú?—-rugió Lecio saltando fuera de la sombra con el palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta dentro del portal, vociferando: