Impaciente rezongó Alcázar:

—¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

—¡Buen atracón se da el muy zángano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya caída la noche y nublado el cielo, charlando con sigilo, en conversación desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas, la propia Isabel sacó de la cuadra el caballo del forastero y le dejó a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro, esperando al señorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura, requiriendo con brío los palos, y entonces Lecio, que demostraba una voraz impaciencia, detuvo a Julián por un brazo, a cierta distancia de los otros, para decirle ronco y feroz:

—Usted no querrá a la señorita tanto como para perderse por ella... pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrón... ¡aquí está Lecio!—y se dió en el pecho un terrible puñetazo.

—¿Para matarle?—interrogó Julián como un autómata.