Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística devoción.

Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición. Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles del valle, al uso del país.

Esta despótica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a la ronda de Julián.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de aquel amor.


IX

Mayo florece cuando se fija el día de la boda.

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y Ángeles se presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay mucho de alucinación y de impotencia. Ningún amparo la escuda; está sola entre su padre, desamorado y egoísta, y el pretendiente ambicioso de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la novia.