Ya nunca Julián de Alcázar visita a los de Ortega, ni tampoco el Estudiante, compañero antaño de los juegos de la niña, va con su tímida presencia a testimoniarle la ferviente adhesión de otras veces.

Se lamenta la joven de este retraimiento. «¿Por qué no vendrán?»—suspira—. Y se angustia ante la nube de soledad que se va esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Sólo Isabel, la criadita cariñosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vísperas del gran día, cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seducción de encantamiento, le dice en tono confidencial:

—¿Qué pensarán «todos esos» cuando la vean tan preciosa, y que se la lleva un extraño?

—¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de ellos se había de casar conmigo.

—Los labradores no... pero hay otros.

—No me ha pretendido nadie.

—Pues dicen por ahí que todos la quieren.

—Será porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no creí que conmigo rezaría la brutal costumbre de las rondas...