—Era la del señorito Julián.

—Por eso mismo me extrañó tanto... Julián siempre fué muy amigo nuestro...

Ángeles se quedó pensativa; su mirada, sombría como una floresta, parecía tornar de muy lejos al través de los años infantiles. Daba un suspiro cuando Isabel continuó:

—Dice Lecio que el señor de la torre se muere por usted.

—Pues Lecio está equivocado—murmura Ángeles, no muy sorprendida, algo confusa.

—Y dice—añade la moza—que también el Estudiante la quiere a usted mucho...

—¿César?... Yo le quiero también... ¡Me hacía tantas coronas de flores cuando éramos chiquillos!... Y me hacía cantares...

Otra vez se quedó ensimismada. La incitante memoria de cariños lejanos fué, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque dos lágrimas pugnaban en ellos cuando añadió, lamentable:

—¡Tampoco César viene ya a esta casa!... ¡Parece que todos huyen de mí!...