—Porque la quisieran cortejar a usted y están sentidos.

—Yo no he notado que me pretendan para novia.

—Pues Don Julián siempre la buscaba muy rendido, y el Estudiante, ¿no oye cómo le canta coplas?

—Usanzas de rondadores...

—No, señorita, que las canta con segunda... Y el ricachón de Salcedo igual está prendado de usted.

—¡Ave María!—exclamó Ángeles, risueña de pronto—. Ahora que me caso con un forastero va a resultar que tenía aquí los pretendientes a escoger. ¿Esa es otra noticia de Lecio?

—Del mismo... Y no sabe la señorita lo más gracioso...; que él también, el muy zoquete, está, como los otros, penando por usted.

—¿Lecio?... ¿tu novio?...—Se puso Ángeles muy seria para decir:—¿Te chanceas, Isabel?

Pero Isabel no se chanceaba: se le había empañecido la voz, tenía las mejillas rojas y el aire turbado. Después de un silencio difícil, añadió, tratando de serenarse:

—Me lo contó él mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.