—¿Todo el mundo?—repite la muchacha con sorna—. ¡Pues yo no veo que se case nadie más que la señorita!...
Corrido y enojado el hombre, murmura:
—Bueno... ¿nos casamos o no?
Y promete, apacible, la voz de Isabel:
—Cuando mi madre coja la cosecha...
XI
Llegó la hora esperada con tan distintos afanes.
Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia: ellas para cantarle a la señorita unos picayos con letra alusiva, rimada por César Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado culto.