Anda Julián enredado en una aventura de calleja con cierta mozona malviviente, siendo ésta la primera vez que el señorito de la torre hace pública ostentación de semejantes galanteos. Lleva en la cara el pobre hombre una expresión de tedio y amargura que va troncándose en tormentosa nube de fiereza; como si en él creciese, cada día, el salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazón de barbarie, para así desmandar sus pasiones y olvidar, con tesón despreciativo, sus nativas costumbres de caballero.

Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en persecución de aves felices, que jamás hiere. Hasta en los nogales de la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntería sobre los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del susto recibido, causándole al implacable cazador una terrible envidia al volar, ilesos, a la huerta frondosa de Ángeles, en busca de asilo hospitalario.

Más disimulado y prudente, desahoga el Estudiante su mal humor haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con relámpagos audaces.

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el más voraz deseo de casorio. Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:

—Pero, di, Sabel, ¿cuándo nos casamos?

—Cuando mi madre coja la cosecha—repite siempre la joven.

—¡Falta mucho tiempo!...

Ella un día, maliciosa, le dice:

—¿Por qué ahora, estás tan impaciente?

—¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, que ya todo el mundo se casa?