—Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de él y de los demás, son imaginaciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... Yo no tengo a quien contar secretos.

Y se atristó por tercera vez el semblante precioso de la señorita. Viéndola cavilosa y muda se retira Isabel con prudencia mientras la novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como nube del pálido cielo montañés. Mirándole con indefinible sentimiento de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de Isabel y va aposentando en su espíritu la creencia de que, en efecto, Julián de Alcázar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana de sus visitas, la encendida expresión de sus palabras, la pausa elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo apareció en la aldea.

No se detiene la soñadora a pensar en Salcedo, el jaquetón ricacho, pero guarda un pensamiento melancólico y acariciador para César Garrido, el romántico trovista que canta con segunda al pie de una ventana, años hace, en el sagrado misterio de la noche...

El cariño recóndito de César es para Ángeles un adorable perfume de la infancia, el amable secreto de un «escucho» que hace sonreir, tal vez la vibración sentimental que en el alma produce una copla errante, diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la ronda pasa... ¡Pero Julián!... ¿Por qué no se ha fijado en que él la quería?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el señor de la altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el corazón...

Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julián le parezca ahora mucho más grata que la gentil apostura de su prometido.

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.


X

Diríase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a medida que se acerca el día del casamiento. La sorda irritación que se acentúa entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda de Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la responsabilidad de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano «les hace a todos víctimas».