Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emoción que parece comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante interés...
Todo Mayo sonríe en el altar convertido en jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la señal de la cruz.
Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, sin que de la fugaz tormenta queden señales más que en el campo henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.
Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los zapatitos de seda de la señorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, impacientes, sobre la manera de evitar que Ángeles se moje los pies dentro del blanco estuche que los aprisiona.
Entonces Alcázar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro las andas de la Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece y en voz alta le explica:
—Se las regaló mi madre a la Patrona y yo sé que Ella me las presta... El señor cura me da permiso para que Ángeles las ocupe: ¿quiere usted que la llevemos?
Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:
—¡Que la lleven!... ¡que la lleven!...
Julián le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento: