—¿Quieres venir?
Alborozada en medio de aquella férvida expresión de cariño, Ángeles responde, con infantil antojo:
—Iré...
Ya una mano solícita ha colocado en las andas un taburete y la joven va a sentarse, riendo, un poco trémula, cuando un ademán y una mirada de su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles afirma, con sorda expresión colérica:
—¡«Queremos» que la lleven!
Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en voz baja:
—Hay que dejarlos...
Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo, con primor devoto y humilde, y Alcázar y los suyos levantan con dulzura el improvisado trono de la novia y bajan al camino con aquel suave peso entre las manos.
Van delante César y Julián, y los cuatro sienten el aturdimiento estremecedor del triunfo, la exaltación de una ventura efímera, que va a pasar, ruidosa y altanera, como la rápida nube que antes mojó el sendero.
Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura, resuena detrás del grupo original, lleno de rústica galantería: