—¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!...
Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.
XII
Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre setos floridos y halagadores cantares.
Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre maciza y señorial, en la selva de Alcázar.
Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo al Estudiante, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella mano fina que parecía de mujer.
—¿Te has lastimado?—le preguntó Ángeles solícita.
Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a los ojos: