Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo del azahar prendido en su pecho.

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro bizarro grito:

—¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!

Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver una ilusión ni una esperanza...


XIII

Pasó un año.

Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de Isabel.