Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes, pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.
Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme, con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.
No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior; pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro aquella huraña expresión alarmante y fiera.
Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza y disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros. Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los amigos, porque el Estudiante vivía enfrascado en la transcendental composición de un libro de versos, dedicados A una ingrata; iba dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia de Isabel y la espera de la boda.
XIV
Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía, esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil con palabras de fatalidad.
Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje, llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.