La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las mejillas, señaladas con rosetas febriles.
¡Qué lástima le dió a Julián!
Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.
Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor, un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes, parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de lágrimas acerbas.
Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la muerte era el único reflejo de la vida.
Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él, conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.
También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna sombra en las azoradas pupilas.
—Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos—suspiró con antojo la infeliz.
Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con cara de muerto y alucinaciones de loco.