XVI

Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.

Fué el mismo Alcázar el que dijo:—¡Alto!—con acento augural que subió a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.

—¿Qué quiere usted?—grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la cara.

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en traza bruta de mozo rondador:

—Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y profiere, como otra vez en aquel mismo lugar: