—¡Cobardes... cobardes...!
Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al jinete.
Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos, dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz lluvia de improperios:
—¡Ladrón!
—¡Asesino!
—¡Sinvergüenza!
—¡Matador de mujeres!...
Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le persiguen en la desatinada carrera.
Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.