Tampoco Marcela parece la misma de antaño. Aunque en su posición de labradora acomodada no ha conocido los rigores de la necesidad, vive cavilosa y suspirante, con la mirada siempre fugitiva, escuchando imaginarias voces al través de las horas mudas. De su fuerte belleza le queda todavía una arrogancia en el porte y un hechizo en el semblante, pero sólo como un recuerdo que alumbra la ruina de aquella briosa mocedad. Desde que suplantó los niños con repentina y firme decisión, en impune secreto, en vano busca su conciencia los vestigios de una esperanza, el corazón, incapaz de mentir, la avisa de su delito a cada instante. Al peso de su culpa ve la vida llena de sombras y siente los castigos caer a su alrededor bajo la pupila negra del misterio. Andrés quiere a Jesús mucho más que a Serafín, le quiere con una piedad violenta, irresistible, en la cual piensa la celosa que descubre redivivo el amor hacia Irene, ya que el padre ama en la criatura triste al hijo de aquella mujer, mientras que al heredero le luce con orgullo pueril porque es bizarro y saludable, pero le mima y educa sin meterle en el alma, con un desvelo frío. Es verdad que a menudo se estremece mirándole; le acerca a sí, rápido y brusco, le aprisiona en los brazos, y se hunde, aturdido, en el abismo insaciable de los ojos verdes: ¡los ojos de «la otra!»
—¿Qué busca en esa mirada?—se pregunta Marcela con loca incertidumbre. Y para mayor tortura, su rival le inspira más lástima que celos. No es a ella a quien Andrés persigue a tientas, en los ojos del hijo sano y en la desdicha del hijo doliente: es al amor fugitivo, al imposible, al enigma. La intuición se lo dice a la enamorada en forma obscura pero cierta, y sufre ahora por el cruel abandono de Irene con el doble estímulo del arrepentimiento y la compasión. Andrés y Serafín debieran ser para la desvalida amor y gozo. Marcela se siente culpable de habérselos arrebatado y padece con el atroz pensamiento de ser una ladrona: el hombre que ella tiene por suyo estaba destinado a Irene, y el niño que la llama madre nació de las entrañas de aquella misma infeliz, a la cual no le queda ni el lejano consuelo de haber alumbrado una criatura bella y dichosa: porque mira en Jesús la prueba de su deshonor, el castigo de una hora de embriaguez.
Y el nene cativo, el inocente condenado a no tener nombre ni madre, oye que le llaman jayón, sabe que vive de la caridad, y sufre en humilde silencio, mientras la que le dió a la luz del mundo calla y sufre también, con más angustia todavía, y esconde como pecados vergonzosos los impulsos y los gritos de la sangre.
Mil veces Marcela siente la tentación de romper el secreto y confesar su culpa cuando el niño gime atormentado por el doble infortunio. Mil veces la culpable arrastra como un grillete su delito ante los ojos tétricos de Jesús y la mirada atónita de Andrés. En la conciencia turbia de la esposa, riñen ardiente y ferocísima batalla los celos, el orgullo, la vanidad de la hembra, pugnando siempre por sofocar el puro y callado instinto de la madre. Comprende la triste, con un espantoso desgarramiento del corazón, que si mantuvo el dominio de su hogar egoísta, si logró reducir al hombre amado y alzar la bandera de un cobarde y engañoso triunfo, todo ello fué a costa de su propio hijo. Llena de amargura y de horror, de envidias y despechos indecibles, de pesadumbres roedoras, quiere compensarle a fuerzas de caricias y llantos, con una ternura desvelada y enferma que la consume poco a poco. De tal suerte le cuida y le llora, como pidiéndole perdón, tanto le envuelve y le regala entre solicitudes y fervores, que el marido la contempla con asombro más reverente y dulce cada día, más empapado en amorosa gratitud.
A los ojos de Andrés la abnegación de Marcela crece hasta fundirse con la santidad. Creyendo, como todos, que ella conoce el origen del intruso, ve sin embargo cómo a los dos niños los confunde en una misma gracia maternal, aun más fina, más honda y vehemente junto al desgraciado. Y no sabe el padre cómo bendecir el tributo de amor que recibe, de esta manera tácita y peregrina: rendido, confuso, rodea a su mujer de tiernos homenajes que la entristecen cada vez más, porque no acierta a conformarse con tan gratuita admiración.
Así en el drama sordo de estas vidas infelices sólo triunfa el supuesto Serafín, engañado por la suerte, mecido por una dicha mentirosa...