Marcela despide a don Mauricio muy amable, y la blancura de los dientes, al querer sonreir, le enfría la púrpura de los labios con una extraña claridad.
Cuando se queda sola acuesta al nene que se ha dormido y sale al portal huyendo frenética de la cuna. Lleva en el alma un duelo indecible y en la conciencia una nube cruel. No: nadie sabrá nunca que su hijo, el soñado, el conseguido a fuerza de oraciones y lágrimas, el fruto de un amor impetuoso, de un seno firme y joven, es una criatura miserable, un sér enteco y ruin: ¡nadie lo sabrá! Allí está el jayón para sustituirle y el orgullo de la madre para envolver en silencio sacrativo aquel trueque fatal.
Marcela, inmóvil, helada bajo la lumbre fulgurante del sol, clava sus morenos ojos en la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva el vuelo manso de una paloma. Al otro lado del corral se remece el huerto con blandura...
V
LA RUEDA DEL TIEMPO.—FRATERNIDAD.—LA CONCIENCIA Y EL CORAZÓN.—LOS OJOS VERDES.—VIDAS INFELICES.
Han pasado muchos días, lentos y monótonos, sobre la aldea montaraz. Serafín y Jesús tienen ya once años y forman un rudo contraste de lozanía y endeblez. El que pasa por hijo de Marcela es un chicazo alegre y rubio, con la cara redonda como la luna y los ojos verdes como las olas, unos ojos que el padre mira siempre con singular fascinación. El otro es un sér enfermizo y contrahecho, una pobre criatura de mirada quieta y sonrisa tarda.
Entre los dos media, con las afinidades del común hogar, el lazo firme de un cariño devoto que es en Jesús admiración y vasallaje y en Serafín misericordia y amparo. Delante de él ningún rapaz se burla del niño giboso, ninguno le molesta ni le persigue: hermanos se llaman y por hermanos les tienen en el pueblo, donde ya nadie duda la procedencia de Jesús. La misma Irene acostumbra a besarle cuando le encuentra solo, y a mirarle siempre con un ansia muy triste, con una compasión muy dolorosa.
Ya la antigua novia de Andrés perdió los últimos encantos de la enamorada juventud. Sola en el mundo desde que murió su madre, pugna en la vida sin apoyo ni afecto que la sostenga y conforte. Trabaja y sufre entregada al destino con una obscura conformidad acaso encruelecida por la desesperación. Bárbaros empujones de su lucha solitaria la han puesto algunas veces delante de Marcela, en solicitud de un jornal, de un préstamo, de un pequeño favor. Y la esposa de Andrés la ha recibido afable y complaciente, transida por una angustia semejante a los remordimientos.