El doctor se encoge de hombros.
—Ninguno—dice—. Le pondríamos un aparato, le mortificaríamos, y el chico no se enderezaría. Su lesión es innata, producida acaso por herencia, acaso por un golpe que sufrió la madre, por una presión nociva durante el embarazo clandestino... ¡Vete a saber!
Como nada repone la moza mientras envuelve a la criatura, don Mauricio sigue hablando de escoliosis osteopática y otras enfermedades relacionadas con la de Serafín, el niño desgraciado que desde ahora se llamará Jesús.
Diríase que el inocente escucha la inexorable sentencia de su desdicha; de tal manera gime hasta que la madre, muda y febril, desabrocha el corpiño y le ofrece el seno, blanco y duro, generoso.
El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus años, y hombre sentimental, se admira tanto de la hermosura de la joven como de su impulso caritativo, y alude:
—¡Ah!, pero ¿le crías tú?
Ella, turbada en este instante por primera vez, murmura:
—Un poco...
—Ha caído el rapaz en buenas manos: más vale así. Vaya, hija, ¡que sigas tan guapetona y de tan noble condición!